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Historia Secreta de El Dorado Ciudad Bolívar, en Angostura la de las gotas amargas, tiene un paseo que, comparado con el de Florencia sobre el Arno, es más ancho, tiene una baranda no menos sólida y una perspectiva más vasta. El de Florencia italiana corre más delante de la historia que frente a un río. El Arno siempre ruge, desborda una vez cada 100 años y a veces se seca. En Ciudad Bolívar ese río es el Orinoco. Cuando la tarde se derrumba, El Dorado crece fabulosamente en la inmensidad de su soledad. Frente a tamaño escenario, el paseo de Florencia se diría de casas y puentes de juguetería. En proporciones parecidas se encogen otros paseos como los de París sobre el Sena, o los de Roma sobre el Tíber. Ahora, el río de Venezuela tiene al fondo su puente, maravilla de nuestro siglo. Es el octavo del mundo, y eleva a proporciones no imaginadas la hamaca original de los americanos. Justamente fue un florentino, Americo Vespucci, quien descubrió e hizo el elogio de la hamaca en las costas del Caribe. Hoy, fabricada en acero y tan grande como este puente, mueve a soñar en otro nuevo mundo. Hasta los extranjeros miran con pasmo el puente colgante sobre el Orinoco. Y, sin embargo, en el siglo XVI se tendió otro más atrevido y grandioso. Fue el de El Dorado, que unió a Santa Fe del nuevo reino de Granada, con la Guayana. Su historia secreta es la tentación que podría coger entre sus redes al mejor narrador de aventuras y desafiar al más experto ingeniero de las Letras.
El Dorado fue una invención de los aborígenes para encantar a los hombres blancos de todo el mundo, salir de ellos y sacárselos de encima. Cayeron en esta trampa españoles, alemanes e ingleses. En su forma original, El Dorado aparece como una fábula andina. Era una laguna azul puesta en el tope de la Cordillera que tenía en el fondo sapos, culebras y lagartijas de oro. Andando los años y avanzando la conquista, esa imagen se transforma en el espejo de una Guayana traicionera, ombligo de oro del mundo americano. Así, en menos de una generación, quedó tendido el primer puente que, partiendo de la laguna de Guatavita en tierras de los Caciques de Cundinamarca, apoyaba su cabeza en las mansiones verdes del Orinoco y del Caroní. Todo esto ocurrió en un siglo que en España se llamó de Oro por ser el de los Lopes y Calderones, los Góngoras y Cervantes. Entre nosotros, lo fue por aquel oro que empujó a la muerte ejércitos erizados de lanzas, olorosos a pólvora y que llevaban por vanguardia unos perros salvajes que se echaban sobre los indios en las cacerías más horrendas que recuerde la cetrería universal. Sobra decir que en la América de entonces, las Letras eran pocas. Y sin embargo, lo mismo Cervantes que Shakespeare quedaron cautivos del cuento Americano fabricado por los indios. Fue la operación mágica que enloqueció a una Europa ávida de riquezas. Oyendo la patraña de los indios perdió la cabeza la corte de Londres, echaron a andar por selvas y desiertos los agentes de los banqueros de Alemania y los españoles creyeron que estaban viviendo en tiempos de Amadís de Gaula. Todavía, en pleno siglo de las luces, un escéptico burlón - Voltaire - pensaba que sólo en Guayana empedrada con piedrecillas de oro podía existir la república de los hombres justos: la Guayana fue su utopía como lo prueba su historia de Candide. Como la historia es de varios pisos, conviene seguida a saltos y de prisa. El Dorado brota de la mente de los indios marrulleros. Al ver ellos que el interés inmediato del conquistador era el oro, inventaron en todas partes un truco que habría de serviles para librarse de los incómodos intrusos. Cada vez que el conquistador preguntaba al indio dónde estaba el oro, el indio le confiaba su gran secreto: "Este poquito de joyas que aquí habéis visto, no es nada: el oro está allá, allá, más allá…" y señalaban provincias remotas. De allá en más allá, los codiciosos se movieron hasta recorrer el mapa de una punta a la otra. Así descargaron los indios a Santa Marta de las tropas que acaudilló don Gonzalo Jiménez de Quesada, a Coro de los españoles y alemanes que mandaba Nicolás de Federmann, y a Quito de Belalcázar y los suyos. Por una de las coincidencias más notables de todos los tiempos, esos tres conquistadores que estaban en la base de tres caras de una pirámide tan alta como los Andes, no sabían nada el uno del otro, y a un mismo tiempo fueron trepando hacia la cima, cada cual por su costado, dejando por el camino un reguero de cadáveres. Morían los soldados de hambre, ahogados al pasar los ríos, agarrados por los tigres en la noche. Miles sumaban las tropas de los tres al comenzar las marchas, y cuando, casi a un mismo tiempo, llegaron a la región más transparente del aire en donde estaba la laguna, en la sabana de Bogotá, verde como una esmeralda, se preguntaron: "Y, ¿éste es el Dorado?". Los tres habían oído de un rey sacerdote, que se untaba el cuerpo de resinas y encima le echaban oro en polvo a manotadas. Se vería como la estatua viva de un Dios, que al son de tambores, flautas y caracoles de oro y cantos bárbaros, entraba en una balsa y se tiraba al agua. Al fondo, una cacica infiel tenía su palacio donde jugaba con culebritas de oro. La muchedumbre arrojaba a la laguna talismanes de oro, esperando asegurarse un tiempo propicio para que se dieran bien las papas y el maíz. Algo de ese oro encontraron los tres conquistadores y se lo repartieron. Pero un asunto inmediato debía distraerlos de estos trabajos originales. Estaba pendiente la cuestión del poder. Saber quién de los tres alzados, de los tres indocumentados que se habían rebelado contra sus gobernadores legítimos, podría quedar al frente del nuevo reino de las ranas de oro. Sólo el Emperador decidiría, y así los tres, cordillera abajo, llegaron al Magdalena, cruzaron el mar y fueron a España. Mientras el pleito se resolvía, y pasaron años, quedó al frente de la colonia un hermano de Jiménez de Quesada, Hernán Pérez de Quesada, primer adelantado en la aventura del nuevo Dorado: el de la Guayana. En cuanto los tres pretendientes volvieron las espaldas Pérez de Quesada se dio cuenta de que el Dorado verdadero estaría en otra parte, y los indios confirmaron sus sospechas diciéndole: "No, español: El Dorado está allá, mucho más allá, allá, allá…" ¡En la Guayana! Donde corre un río diez veces más profundo y ancho que el Magdalena y la tierra está empedrada con granos de oro… Hernán Pérez de Quesada exploró por, mucho tiempo internándose en los infiernos verdes que llevan de Santa Fe al Orinoco, y sólo encontró hambre, emboscada de indios, miserias. Tornó a Santa Fe de Bogotá con las manos vacías, y así le encontró Jiménez de Quesada a su regreso y le oyó la triste historia de estas exploraciones. Pero Quesada, que era a un mismo tiempo letrado y grande escritor, iluso andariego, se transformó en El Caballero de El Dorado, como si hubiera velado las armas en la cueva de los encantamientos. Si su hermano no había llegado hasta las tierras en donde seguramente se habrían enterrado los tesoros que lograron escapar a la rapiña de los Pizarros, él los hallaría. En Don Gonzalo había ya algo de la locura de ese futuro manchego de la gloria, que como decía Cervantes se llamaba Quijano o Quijada, pero más seguramente Quesada, ya quien por mejorar las cosas dio el nombre Don Quijote. Quesada, pues, ilusionó a los habitantes de Santa Fe y organizó una de las mayores expediciones de la época, desde luego la más sonada y grande que conoció la capital de la Nueva Granada, para ir al descubrimiento y conquista de El Dorado. Hasta los indios veían en Quesada a un hombre fantástico y bueno, que había escrito en su defensa unas instrucciones tan bien pensadas como las que le dio Don Quijote a Sancho para el Gobierno de su Insula. Y los españoles hallaban en este compatriota, un ejemplo de hidalguía y valor que los cautivaba, fuera de la locura que todos en cierro modo compartían. Así partió de Santa Fe hacia la Guayana una muchedumbre ilusionada. En tres años no encontró sino las mismas desventuras que liquidaran a Hernán Pérez. Sólo un puñado de fieles acompañó a Quesada hasta el final, que de regreso, viejo y enfermo, y siempre con proyectos fantásticos, pasó algún tiempo en Santa Fe escribiendo sermones para las fiestas de la Virgen hasta que nuevas aventuras le llamaron a las tierras ardientes de los Panches belicosos. De ochenta años, con la piel rajada y la creencia de haber sanado de todas sus locuras, Quesada se preparó a bien morir. Legó su biblioteca a un convento y dejó a su sobrina la única herencia que podría hacerla fabulosamente rica: la gobernación de El Dorado. Así murió pidiendo que sobre su tumba sólo se escribiera esta leyenda: "Espero en la resurrección de los muertos". Sabía Quesada que su sobrina se había casado con un soldado español, Antonio de Berrío que, como él, había peleado en las guerras de Italia y tendría energías aún frescas para llegar a la Guayana de sus sueños. Cuando la sobrina del caballero de El Dorado recibió en España semejante legado, perdió el seso como su tío. Don Antonio de Berrío y su mujer ya no pensaron en nada distinto de venirse para América en pos de la gobernación de El Dorado. Fueron tres años de antesala en la Corte que tuvieron feliz culminación. Por eso llegaron un día a Santa Fe de Bogotá y, como pensando en la resurrección de los muertos, se encaminaron hacia la Guayana por el camino que desde la eternidad le señalaba Don Gonzalo. De lo que entonces ocurrió se saben muchas cosas, entre otras, que una vez despachó el Gobernador ciertos informes a la Corona y que cayeron en manos de los ladrones ingleses que se enriquecían asaltando barcos españoles. Los papeles fueron a dar a manos de un gran caballero y poeta, también escritor de historias y discursos, a quien por celos y enredos de mujeres había metido en la Torre de Londres la Reina Isabel, con la esperanza de que allí se le pudrieran los huesos, como en efecto estaban a punto de podrirse.
Sir Walter Raleigh, que era el caballero, y leyó en la prisión las historias de la conquista de América quedó cautivo como cualquier español de la leyenda de El Dorado, propuso a la Corona que le dejaran salir de la prisión ofreciendo en cambio a Inglaterra los más grandes tesoros de América. Cautivó, ¡también!, al rey promesa semejante y le dejó salir. Sir Walter vino a la Guayana y del viaje no sacó sino la muerte de su hijo y el que luego, con el hacha, le cortaran la cabeza: No en otra forma podría expresarse el desencanto que tuvieron los ingleses al ver que El Dorado se le iba de entre las manos. En España la ilusión dio para algo mejor. Los tres años que pasaron en la Corte Don Antonio de Berrío y su mujer, esperando a que se hiciera efectiva la herencia de Quesada, los pasó también en la antesala un pobre diablo a quien habían hecho prisionero los moros y que sólo pudo salir del cautiverio en Argel gracias a la ayuda humanitaria de los suyos. El cautivo redimido se llamaba Miguel de Cervantes Saavedra. Tornado a su patria pedía un empleo cualquiera, y como circulaban en los pasillos las noticias que daban Berrío y su mujer, le ilusionó ir a Cartagena, o a Santa Fe, para seguir las huellas del caballero de El Dorado. Muy poco faltó para que Don Quijote, en vez de salir en busca de aventuras por la Mancha lo hubiera hecho por Cundinamarca. La sustancia del caballero loco que repartió su vida entre las armas y las letras, hizo tres salidas en busca de aventuras, y rompió lanzas por los humildes, se trasladó efectivamente de Don Gonzalo a Don Quijote o Quesada o Quijada, según se dice en la verdadera historia de El Hidalgo.
Al casarse Cervantes con Catalina Salazar, entró en la familia de los Quesada entre ellos había su parentesco como algo de los Quijanos había en la sangre de Antonio de Berrío. La locura de El Dorado da para todas estas cosas, y así no está mal acodarse ahora en la baranda del Paseo de la ciudad de Angostura sobre el Orinoco, para ver pasar por el Puente, o la figura triste de Don Gonzalo Jiménez de Quesada o la del Caballero Don Quijote, a quien no estaría mal llamar Don Quijote de El Dorado. Uno y otro son hijos de la fábula irónica que engendró las más fabulosas utopías y acabó convirtiéndose en reino de verdad. Referencias ARCINIEGAS, G. (1967). El Farol. Octubre-Noviembre-Diciembre, XXIX(223): 2-3. |
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