
"Marta, donde lo había observado y descrito Gastelbondo en 1729. Los españoles recién desembarcados y los habitantes del valle de Caracas no temían por entonces su permanencia en Ia Guaira; aquejaban solamente los calores opresivos que reinan durante una gran parte del año. De exponerse a la acción inmediata del sol, serían de temer a lo más esas inflamaciones de la piel y de los ojos que en la zona torrida se experimentan dondequiera y que van a menudo acompañadas de un movimiento febril y de fuertes congestiones a la cabeza. Muchos individuos preferían el clima ardiente aunque uniforme de La Guaira al clima fresco aunque excesivamente variable de Caracas. Casi no se hablaba de la insalubridad del aire en aquel puerto.
Desde el año de 1797 todo ha cambiado. El comercio fué abierto a otros bajeles que los de la metropoli. Marineros nacidos en las regiones más frías de España, y por consiguiente más sensibles a las impresiones climatéricas de la zona tórrida, comenzaban a frecuentar La Guaira. La fiebre amarilla se declaró: americanos del Norte, atacados del tifo, fueron recibidos en los hospitales españoles: no faltó quien dijese que eran ellos los que habían importado el contagio, y que antes de entrar en rada se había declarado la enfermedad a bordo de un bergantín que venía de Filadelfia. El capitán de ese bergantín negaba el hecho y pretendía que lejos de haber introducido el mal, sus marineros lo habían cogido en el puerto mismo. Se sabe, conforme a lo sucedido en Cádiz en 1800, cuán difícil es esclarecer hechos cuya incertidumbre parece favorecer teorías diametralmente opuestas. Los habitantes más ilustrados de Caracas y La Guaira, divididos como los médicos de Europa y los Estados Unidos, sobre el principio del contagio de la fiebre amarilla, citaban el mismo navío americano para probar, los unos que el tifo venía de fuera, y los otros que este había nacido en el país mismo. Los que abrazaban el último sistema admitían una alteración extraordinaria en la constitución atmosférica causada por el desbordamiento del río de La Guaira. Este torrente, que por lo general no tiene 10 pulgadas de hondo, tuvo, después de sesenta horas de lluvia en las montañas, una creciente tan extraordinaria, que arrastró troncos de árboles y masas de rocas de un volumen considerable. El agua medía durante la creciente de 30 a 40 pies de anchura por 8 a 10 pies de profundidad. Suponíase que había salido de algún depósito subterráneo formado por infiltraciones sucesivas en las tierras movedizas y nuevamente desmontadas. Varias casas fueron arrebatadas por el torrente, y la inundación se hizo tanto más peligrosa para los almacenes, cuanto la puerta de la ciudad, que únicamente podía dar salida a las aguas, se había cerrado accidentalmente. Fue menester abrir una brecha en una muralla del lado del mar. Más de treinta personas perecieron y los perjuicios fueron evaluados en medio millón de pesos. Las aguas estancadas que infectaban los almacenes, los sótanos y los calabozos de la cárcel pública esparcían sin duda miasmas en el aire, los cuales, como causas predisponentes, pueden haber acelerado el desarrollo de la fiebre amarilla; pero pienso que la inundación del río de La Guaira fue tan escasamente la causa primitiva de aquella cuanto lo fueron los desbordamientos del Guadalquivir, el Jenil y el Guadalmedina para Sevilla, Ecija y Málaga en las funestas epidemias de 1800 y 1804. He examinado atentamente el álveo del torrente de La Guaira y no he visto en él sino un terreno árido, bloques de esquisto micáceo y de gneis contentivos de piritas y desprendidos del cerro del Avila, pero nada que pudiese alterar la pureza del aire."
Tomado de: ALEJANDRO DE HUMBOLDT. Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente. Tomo II. Monte Avila Latinoamericana, C.A., 1991, pp. 272-273.